DUBRAVKA Y EL ZORRO | AÚN QUEDAN CAMPOS MINADOS EN YUGOSLAVIA

No pasa muy seguido que un admirador anónimo le deje en herencia a su escritora favorita una casa en el campo. Pero eso le pasó en el año 2014 a Dubravka Ugresic. Se lo anunció desde Croacia un abogado que la había localizado en Amsterdam. El muerto no tenía descendientes: había dejado su departamento de Zagreb a la persona que lo cuidaba y esa cabaña en el campo a Dubravka, porque era admirador de sus libros. Dubravka había abandonado su país y su nacionalidad cuando estalló el conflicto de los Balcanes, más precisamente cuando Franco Tudjman, el presidente de la recién creada República de Croacia, borró medio siglo de pasado común yugoslavo y hermanó la flamante república con los cuatro años de ocupación nazi en que Croacia tuvo status de estado independiente (y a las huestes de Ante Pavelic imponiendo el terror). El nacionalismo croata, entendieron entonces quienes pensaban como Dubravka, iba a ser igual de asesino que el nacionalismo serbio que pregonaba a gritos Milosevic desde Belgrado.

Los yugoslavos de la generación de Dubravka habían crecido amparados por los estereotipos de los tiempos de Tito. Cuando le tocó viajar de jovencita a Moscú en 1975, experimentó lo mismo que cada compatriota suyo que iba a algún país del bloque socialista: que en Yugoslavia vivían mejor, que tenían pequeñas libertades individuales y cierto acceso al mundo occidental que sus hermanos socialistas no tenían. Pero también que, a causa de esa relativa bonanza, habían perdido los reflejos políticos, la capacidad para oler en el aire el advenimiento de la desgracia.

Como cualquiera que intenta pensar por sí mismo, Dubravka descubrió que alejarse un milímetro del confortable reino del estereotipo significaba internarse en el laberinto de las contradicciones y las paradojas. A esas amargas y muchas veces insolubles paradojas y contradicciones había dedicado su obra, con el previsible costo: sus ex colegas de la Universidad de Zagreb hablaban pestes de sus libros, las librerías no los exhibían, las bibliotecas públicas los rechazaban por “no-croatas” y la prensa sólo mencionaba su nombre para difamarla, por feminista, por atea, por antipatria, por bruja incluso. Desde su partida en 1993, había vuelto poco y nada a su país de origen (a visitar a su madre, luego a enterrarla) y no soportaba quedarse más de una semana en esos viajes. Llevaba veinte años viviendo la vida de los escritores “de clase económica”: no tenía casa propia, los derechos de autor de sus libros no alcanzaban para mantenerla, daba clases para vivir, en donde la invitaran, y estaba tan cansada de arrastrar sus huesos de un lugar a otro que decidió ignorar todos sus resquemores y, a los sesenta y cuatro años, ir a ver con sus propios ojos aquella cabaña que había heredado.

Viajó a Zagreb sin hacerse muchas ilusiones, una amiga le prestó su coche a cambio de que le dejara el tanque lleno después y la convenció de que llevara al menos una muda de ropa en su viaje a la cabaña (“¿Qué? ¿No vas a quedarte ni una noche?”), el abogado le entregó la llave y Dubravka manejó hasta Kuruzovac. Cruzó el pueblo, pasó delante de la plaza y su monumento que, como todos los monumentos que el gobierno de Tito había dedicado a los partisanos comunistas caídos en la guerra entre 1941 y 1945, había sido retocado por el nuevo gobierno: ahora homenajeaba “a los patriotas de la nación caídos en la guerra entre 1991 y 1995”. Las indicaciones del abogado la llevaron hasta una cabaña austera pero bien mantenida, con huerto propio, a la vera de un bosque. La puerta está sin llave, Dubravka entra. Todo parece impecable adentro, hasta hay huevos, leche y manteca fresca en la heladera, y un ramito de flores silvestres sobre la mesa, detrás de la cual espera sentado un hombre que dice: “Hola. Soy su intruso. Bienvenida a Kuruzovac”.

Dubravka, sin mosquearse, le pregunta cómo sabe que no es ella la intrusa. “Porque me avisó el abogado”, contesta él y procede a explicarle cómo funciona todo en la casa y después le avisa que va a aparecer un zorrito silvestre al que hay que dejarle un plato de leche en la puerta. Dubravka dice que odia los animales. El intruso le dice que, si quiere que la casa se mantenga libre de ratas, mejor deje el plato de leche para el zorro. Luego le muestra qué hay sembrado en el huerto y le pide que no se aventure por el bosque, porque hay minas sin desactivar. Ése es el trabajo que están haciendo él y su equipo en la zona. Su nombre es Bojan, trabaja para una ONG. “Sólo esas minas sin desactivar impiden que olvidemos nuestro pasado reciente. Nos pagan para que borremos también ese recuerdo”.

En los días siguientes, Dubravka irá conociendo la historia de Bojan. Los integrantes de su equipo lo llaman El Juez, porque ésa era su profesión antes de la guerra. Pero cuando el flamante gobierno de Tujman obligó a renovar los documentos a todos los ciudadanos, y él insistió en que la nacionalidad que debía figurar en el suyo no era croata sino yugoslava, perdió su trabajo. Después de la guerra, sus amigos abogados le ofrecieron trabajo pero lo rechazó. “Me pedían que defendiera a la escoria. A los inocentes no los ayudaba nadie porque no tenían con qué pagar. Los que querían lavar su identidad y sus negocios sucios sí tenían dinero de sobra. No fue una guerra por la patria: le decían patria a las propiedades”, dice Bojan. También le cuenta que después de la guerra adoptó un cachorrito, al que cuidaba y alimentaba como si fuera un hijo. Pero, cuando lo sacaba a la calle, los otros perros se le abalanzaban a dentelladas. Consultó a un veterinario y éste le dijo: “Lo atacan porque no lo reconocen como perro; está demasiado cuidado. Revuélquelo un poco en la mierda y va a ver cómo se soluciona el problema”.

Dubravka piensa: “He aquí un hombre bueno”. Bojan le contesta: “No confundas bueno con cansado”. Pocos días después pisa una mina y vuela por los aires. Sus compañeros lo entierran en el mismo bosque en que murió. Dubravka vuelve a la cabaña después del entierro, junta sus cosas, cierra la puerta con llave y abandona Kuruzovac para siempre.

Tres años después publica un libro en el cual dedica un inolvidable homenaje a Bojan. Primero dice que el zorro es el dios de los escritores y que todo dios existe sólo para aquellos que obedecen el precepto “No uses el nombre de Dios en vano”. Después cuenta que una amiga suya estaba escribiendo una novela y necesitaba una descripción de la rata almizclera. Así que le pidió al guardián de la plaza de enfrente que le consiguiera una rata muerta y, recordando las disecciones de la clase de biología del colegio, la abrió con un escalpelo, estudió en detalle su interior, la asó y se la comió. Luego depositó los huesos en una lata, esperó la noche, cruzó a la plaza y la enterró detrás de un cantero. “Cada vez que me siento frente a ella pienso que esa mujer se enfrentó a su rata, la diseccionó, la comió, la digirió y luego la enterró”, dice Dubravka, “y me pregunto cuándo enfrentaré yo a mi rata, y cuándo dejaré usar el nombre de mi dios en vano”. El libro se llama Zorro.


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