GIANNA NANNINI, LA CHICA DEL MUNDIAL ’90: CÓMO FUE SU ‘ESTADÍA EN EL INFIERNO’

Fue con la nariz frente al inodoro que entendió que debía presionar el botón para dejar ir “la otra mierda”.

La droga era su “alimento”, se la habían entregado “como se sirve un canapé”. Un día fue al baño y la cocaína cayó al inodoro. “La vi desaparecer en el agua y, mientras se derretía lentamente y yo estaba a punto de meter las manos, me dije ‘no puedo hacer esto, no puedo rebajarme así'”.

Sobre cloacas, desechos, reciclaje habla Gianna Nannini en su flamante libro autobiográfico (Cazzi miei) y en viejas entrevistas. La chica del Mundial ’90. Las tripas detrás de la cortina de la Copa del mundo de “la vendetta”, la melodía del verano italiano eterno. Cuando todos la veneraban, cuando todos la creían una lección de entrañas puestas en una canción mundialista, Gianna no era otra cosa que la voz del infierno.

“Excepto la heroína, los he probado todo. Hace casi cuarenta años estaba en Londres y la trajeron al estudio con la misma facilidad con la que hoy te dan un bocadito. Nunca estaba sin cocaína, viajaba con ella, completamente inconsciente. Me detuve en el episodio del baño, tuve una recaída. Bebí tequila antes de un concierto, colapsé y dije definitivamente basta”.

Gianna es una víscera caminando. Usina de provocación. Lengua de rock and roll. No elegía la solemnidad en los noventa, no la elige ahora, a los 66. Maldice. Patalea. Provoca. No guarda las formas ni con Sir Paul McCartney. Cuando tuvo que lanzarle su veneno, lo hizo. Le cantó las cuarenta: “No te necesitamos”, le escribió en Twitter este año, cuando McCartney calificó de escandalosa la idea de dar vales al público en lugar de reembolsar entradas para espectáculos cancelados por el coronavirus en Lucca y Nápoles.

“Paul, querido Paul: en lugar de cancelar tu concierto, ¿qué hizo falta para recuperarlo como lo hacemos nosotros y como hacen muchos artistas internacionales? Hay que ayudar a la música en este momento recuperando las fechas, no borrándolas”.

“Esta es la historia de una yo que cayó en un abismo”, cuenta la italianísima Gianna en su libro nuevo. 1983/1984. Su rugido empezaba a gustar, su talento se disparaba a la par de la popularidad del tema Fotoromanza. Fue entonces que su mente “fue atacada por diez años”. Lo dice sanguínea en su texto de más de 200 páginas. “No podía volver a mí”.

“Coca, María, Hashish”. Experimentó con distintas sustancias, pero no habla desde el lugar “de víctima”. Jura que “no era la droga” el problema mayor. Luchaba “con las uñas y los dientes” contra “la locura”.
La donna de las mil vidas

Nada parece ser liviano en la vida de la mujer que nació en Siena el 14 de junio de 1954 y que tiene diploma de Licenciada en Letras y Filosofía en la Universidad de su ciudad natal. De joven perdió un dedo en un accidente laboral, se enfrentó a los mandatos de su padre, salió del clóset bajo la mirada despectiva de muchos colegas, se abrió camino en el rock a los codazos, se declaró “pansexual”, fue madre a los 56, admitió esquizofrenia, fue hospitalizada en un centro de salud mental.

Fue en la fábrica de dulces en la que trabajaba que sintió el terremoto en las falanges de la mano izquierda. Una máquina procesadora, un descuido y la desgracia: “El dedo terminó en la masa, pero nadie se lo comió; lo encontraron al día siguiente, demasiado tarde. Dejé escapar un grito terrible. Luego me desmayé. El seguro pagó dos millones”.

La familia conocía de tragedias relacionadas al cuerpo. Su hermano Alessandro, piloto, se estrelló con un helicóptero y perdió un brazo. “A las seis ya conducía la Vespa, siempre estaba en el hospital con los huesos rotos. En un disco hay una canción dedicada a él, se puede escuchar el rugido del motor. En la familia siempre hemos tenido una racha de locura”, admitió al Corriere della sera.

Por estas latitudes la escuchamos por primera vez en la antesala de Argentina-Camerún, antes del puñal africano de Oman Biyik, de cabeza, para inaugurar el Mundial con una derrota. Para entonces ya vivía una pesadilla. El camino posterior empeoró.

Si Oman Biyik, el autor del tanto inaugural a Nery Pumpido pudo lanzar un libro biográfico sostenido en apenas un gol (“Mi gol”, “Mon but” en francés), ¿cómo no iba a lanzar Doña Nannini un texto gordo de sus andanzas mucho más hondas que aquella cancioncita futbolera vitalicia? “Lo malo es que la oscuridad es fría”, escribe con las tripas. “Es un resfrío jamás sentido. Me abrazo, bajo y hago sonar la primera puerta que encuentro. Parece que es primavera, hay un cerezo. Quizá soy un cerezo. Subo dentro de mí para ver el cielo más cercano”.

“Stronza, debes pasar al mundo del pop, solo con el pop se venden discos. El rock es una música que mata y si te mata es mejor porque después de muerta los santos del rock se venden mejor”, le aconsejaban en su juventud, cuando todo era rebeldía, guerra paterna y necesidad de exploración.

Segunda de tres hermanos, hija de un empresario de la industria confitera, comenzó estudiando piano en el Conservatorio de Lucca. En los setenta se mudó a Milán. Su primer álbum llegó en 1976. Ya había quedado lejos el recuerdo traumático de su padre Danilo, furioso cuando la vio en minifalda. “Él abofeteó a mi madre, tomó las tijeras y redujo la falda a tiras. Desde entonces solo llevo pantalones”.

“De niña no me gustaba y evitaba mirarme al espejo. Me veía fea. La nariz larga, los pechos que no querían crecer, el desarrollo que tardaba en llegar y un canon estético que no coincidía con la moda. Fui a concursos de canto con la complicidad de la tía Anna. Mi padre se enteró de todo y la confrontó: ‘¡Qué le estás haciendo a mi hija, llevándola con esas putas!’. Me veían como profesora de literatura o en el negocio familiar. Yo era más testaruda que ellos. ¿Había alguna otra solución para escapar? Y empecé a emborracharme y dar vueltas por Milán a audicionar, a vestir andrógina”.

“Mi padre me prometió un auto si me graduaba antes de lo esperado. A los 18, con el Lancia que me regaló, corrí por la ciudad haciéndome robar el estéreo para cobrar el seguro. Lo dejaba a la vista en el asiento del acompañante y cada tres meses alguien rompía el vidrio con regularidad y yo recogía felizmente el dinero”.
La canción que no quería cantar

Cuando Diego alzó la Copa del Mundo 1986, Gianna ya era estrella. Discos de platino en Italia, Austria y Suiza, autógrafos, fotos en la puerta de su casa, con fans que esperaban con cámaras con rollo. El hit de 1990 la lanzó a la fama mundial.

“Yo no quería cantarla”, admite ahora que Un’estate italiana es himno, poema que vuelve a sonar cada cuatro años por ausencia de profundidad interpretativa. “Lo llamé a Edoardo (Bennato, su coequiper del hit) para que me ayudara. Me preocupaban los accidentes en las obras de construcción de los estadios, todas esas muertes que habían sucedido. El fútbol me había aburrido: papá era presidente de Siena, no hablaba de otra cosa. Y siempre he estado en contra del poder, en contra de las celebraciones”. Al final, hasta ella se enamoró del veranito italiano de diez estrofas que adaptó al italiano de los autores Giorgio Moroder y Tom Whitlock. “Ahora la canto con mucho gusto”.

Lejos del molde social, Nannini se decidió a ser madre a la edad en que la mayoría de sus colegas se preparaba para el abuelazgo. “¿Amas a los hombres? ¿Amas a las mujeres? Siempre las mismas preguntas, frente a las cuales uno solo quisiera decir: ‘¿Y tu vida?’. Las divisiones, comenzando por el género, nunca me han interesado realmente. Siempre he amado a hombres y mujeres y sobre todo nunca he tenido frenos para sentir y seguir lo que quería. Siempre he rechazado las definiciones”, declaró al Corriere. “En el amor soy anarquista, pero conozco a Carla desde hace cuarenta años y tengo total confianza en ella”.

El motivo de su mudanza a Londres tuvo que ver con “otros derechos”: “Si me pasa algo, Penélope, mi hija, no tendría a nadie bajo la ley italiana. En Inglaterra, Carla puede adoptarla. La Biblia habla de madres a los 70… Si Rod Stewart tiene un hijo a los 65, nadie dice nada. En cambio hablamos de esto conmigo y no de mi música”, despotrica. “Gracias a mi hija aprendí cómo la ternura es rock. La ternura es revolucionaria en una época en la que siempre intentamos esconderla”.

El sinceramiento sobre la maternidad llegó en una carta que publicó en Vanity Fair: “Te llamaré Penélope porque has esperado tanto tiempo. Esperé a estar lista y ahora, después de haber dicho que no tres veces, estoy listo para ti, tú, mi mayor amor que vino después de tanto dolor”.

Gianna cuenta que quisieron usar sus hits políticamente, pero ella no se encuentra cómoda “ni a la derecha ni a la izquierda”: “No me gustan las dicotomías: izquierda y derecha, homosexual y heterosexual. No me importan Trump ni Berlusconi, me interesa la creatividad de las personas. Y no me reconozco en una religión. Pero cuando me muera espero quedarme de alguna forma. Quizás sea un espíritu rencoroso”.

Rabiosa con los celulares durante sus recitales, desde hace unos años le declaró la guerra a los teléfonos móviles. “Me siento molesta, esas luces me distraen. En un concierto quiero ver caras: no puedes simplemente socializar en las redes sociales. Me fastidian, las pantallas iluminadas me quitan la energía y la concentración. A los que vienen a mis conciertos les diría: ¿Crees que vienes a hacer fotos y videos? Entonces mucho mejor si no vienes, porque creo que es como hacer el amor mientras ves televisión”.

La señora de los 20 álbumes de estudio, más de 200 canciones y casi 300 mil seguidores en Instagram es considerada hoy una de las italianas más influyentes de las últimas décadas. Se siente en un tramo equilibrado de la vida. “Todo el mundo me dice que estoy loca, pero yo simplemente creo que cuando uno es uno mismo parece una locura. La locura es otra cosa. Lo he experimentado y también he experimentado la esquizofrenia. Sé lo que son. Morí y resucité”.

“A principios de los ’80 estaba llena de paranoia, atravesaba una profunda crisis, tenía un yo dividido, un estado mental alterado y miedo a todo, como una niña. Creo que el renacimiento empezó en 1983, componiendo con el productor y músico Conny Plank, para abandonar a la vieja Gianna y dar lugar a la nueva. La Gianna que estaba allí descansa hoy en un cementerio”.

FUENTE: CLARIN

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