La CIENCIA no tiene todas las RESPUESTAS y eso GENERA angustia y división

Desde el advenimiento de la era moderna, la ciencia fue ocupando un lugar cada vez más importante en la sociedad, avanzando sobre el lugar que durante siglos había ocupado la religión como ordenador simbólico del mundo. Así como durante gran parte de la historia de la humanidad los gobernantes acudieron a la fe y a los líderes religiosos para legitimarse, desde hace tiempo apelan al conocimiento científico como fundamento de sus actos.

Pero cuesta encontrar en el pasado un momento como el actual, en el que la ciencia y los científicos tienen un rol totalmente protagónico en la escena política y social global. Desde el comienzo de la pandemia, muchos gobiernos delegaron en expertos la toma de algunas de las decisiones más drásticas que se recuerdan en más de medio siglo.

Epidemiólogos, infectólogos y virólogos se convirtieron en figuras públicas y empezaron a ser más escuchados que presidentes y primeros ministros. Algunos, como Anthony Fauci en Estados Unidos y Anders Tegnell en Suecia, se transformaron incluso en íconos populares, y mucha gente los considera casi como portadores de la verdad.

“Los modelos sociales liberales dominantes desde la Segunda Guerra Mundial hacen hincapié en los individuos y en sus organizaciones como actores con poder. Pero la autoridad del Estado es mucho menos primordial y nacionalista que antes, y depende de nociones científicas como una ley natural moderna. Esto se intensificó con la globalización, especialmente después de 1980. Así que el conocimiento científico se convirtió en el centro de cualquier acción colectiva efectiva. Juega un papel paralelo a los antiguos roles de la iglesia y el estado”, sostuvo John W. Meyer, profesor emérito de sociología de la Universidad de Stanford, en diálogo con Infobae.

Al mismo tiempo, en muchos países empezó a crecer un movimiento contrapuesto, que ve a la ciencia como una gran conspiración que busca sojuzgar a los ciudadanos comunes. Existían antes de la pandemia, y tenían su máxima expresión en el rechazo a las vacunas y al cambio climático, pero se volvieron mucho más visibles oponiéndose a las restricciones impuestas en casi todo el planeta para evitar la propagación del virus. Para muchas de estas personas, el COVID-19 directamente no existe. Es un invento de los científicos y de los medios de comunicación.

“Cuando los hechos parecen inciertos, la retórica o los giros persuasivos pueden ser más efectivos, incluso cuando difunden mentiras”, dijo a Infobae Douglas Allchin, historiador y filósofo de la ciencia. “Los intereses económicos tienden a descartar la planificación prudente como mera especulación, porque normalmente pone en peligro o reduce su propia oportunidad de obtener beneficios no regulados. Exigen irrazonablemente pruebas absolutas como única base de la política. Ese descarte de la ciencia es una estrategia política, no un enfoque científico”.

Los logros de la medicina moderna hablan por sí mismos. No hay otra forma de explicar que la expectativa de vida en el mundo haya pasado de 32 años en 1900 a casi 73 años en la actualidad. Pero es evidente que el coronavirus expuso muchos de sus límites. Todas las dudas y las contradicciones que se vieron en estos meses —esperables, dado que se trataba de un virus desconocido—, revelaron que el conocimiento científico está muy lejos de ser absoluto.

Ante el temor que de por sí genera que la muerte se vuelva más tangible, muchas personas esperan de la ciencia certidumbre y protección, algo que probablemente no le pueda dar. Y eso provoca mucha angustia. Algunos reaccionan reafirmando su fe y confiando en que tarde o temprano va a encontrar una solución a esta crisis, que podría venir en la forma de una vacuna o un tratamiento. Otros, en cambio, le declaran la guerra.

Dos visiones opuestas y extremas sobre la ciencia

Es sorprendente hasta qué punto los gobiernos de muchos países transfirieron a comités de expertos la responsabilidad de decidir y comunicar qué hacer para lidiar con el coronavirus. El caso más emblemático probablemente sea el del Reino Unido. El primer ministro Brosi Johnson, que había optado inicialmente por no implementar un confinamiento total, cambió radicalmente de estrategia luego de que el Imperial College de Londres publicara un informe que anticipaba hasta medio millón de muertes si se seguía por ese camino.

El epidemiólogo Neil Ferguson, autor principal del trabajo y asesor del gobierno, pasó a ser el rostro del nuevo enfoque dominante en el país. Hasta que lo descubrieron rompiendo la cuarentena que él mismo había impulsado para encontrarse con su amante. Tras la difusión de la noticia renunció a su cargo como consejero, pero sus recomendaciones se mantuvieron vigentes.

Con una mirada opuesta, Anders Tegnell, epidemiólogo jefe de Suecia, ocupó en su país un lugar tanto o más importante. Desde marzo, su palabra es más escuchada que la del primer ministro Stefan Löfven. Su estilo informal y directo para decir las cosas, contradiciendo a muchos de sus colegas de otras naciones con sus críticas al confinamiento como estrategia para combatir el COVID-19, lo volvieron muy popular. Al punto de que hay ciudadanos que llegaron a tatuarse su rostro.
Gustav Lloyd Akerblad haciéndose un tatuaje en el brazo con la cara de Anders Tegnell, el 27 de abril de 2020

“La pandemia trajo consigo un nivel de incertidumbre sin precedentes, excepto en tiempos de guerra. Esta incertidumbre se relaciona con las características del propio virus y con el impacto económico. Obviamente, a nivel de gobierno, hace que la toma de decisiones sea muy difícil. También hace muy difícil justificarlas ante el público. Han sido científicos, como epidemiólogos y expertos en enfermedades infecciosas, los que han podido proporcionar cierto nivel de certeza, debido a su modelización de las pandemias. Esos modelos distan mucho de ser perfectos, pero proporcionan un medio racional de predecir el futuro a partir de los datos actuales. Es un base para la adopción de decisiones y ofrece a los políticos una justificación”, explicó el sociólogo John Gardner, profesor de la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad Monash, consultado por Infobae.

Es razonable que los gobiernos se apoyen en recomendaciones de especialistas para tomar decisiones sobre cuestiones técnicas. Cuando se discute como prevenir y cómo tratar una enfermedad, la discusión es, a priori, científica, así que la ciencia debe ser escuchada. El problema de esta crisis es que las resoluciones son de otra escala, e involucran dimensiones sociales, económicas y hasta jurídicas.

Plantear que decisiones de esta envergadura están justificadas porque “es lo que dice la ciencia” es una trampa de los gobiernos, que tratan de sacar su accionar del ámbito de la política, donde está aceptado que todo debe ser discutido. Con el argumento de que “la ciencia no se discute”, su expectativa es evitar críticas y debates que son indispensables en cualquier democracia sana.

El ejemplo de Ferguson y Tegnell muestra hasta qué punto la verdadera ciencia se opone a la idea de las certezas absolutas. Para ser una herramienta útil, debe alejarse de cualquier forma de dogma. Por eso, no parece razonable tomar como la verdad a los postulados de un grupo de científicos, cuando otros dicen lo contrario.

“Los gobiernos no deben decir que están ‘siguiendo a la ciencia’, porque no suele estar claro a qué políticas conduciría el asesoramiento científico. Debido a las incertidumbres y complejidades, los gobiernos sólo pueden ‘tener en cuenta a la ciencia’. Deberían hacerlo y dejar claro a qué ciencia se refieren, de modo que si deciden políticas que, a primera vista, estén en contra, quede claro para todos que se trata de un riesgo mayor que cuando tratan de estar de acuerdo con ella. Pero esto sigue siendo el trabajo del gobierno. Por ejemplo, en el caso de la pandemia, los imperativos económicos y médicos son transversales, pero la economía también produce resultados médicos a largo plazo para la salud de las naciones, así que nada es tan sencillo”, dijo a Infobae el sociólogo Harry Collins, profesor de la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad de Cardiff.

Otros líderes políticos también usan la ciencia para justificar sus decisiones, pero por la negativa. Preocupados por el daño que puede provocar a sus proyectos personales el derrumbe económico causado por todas las medidas que forzó la pandemia alrededor del mundo, Donald Trump y Jair Bolsonaro decidieron capitalizar el anticientificismo, muy arraigado entre sus seguidores.

Poniendo en duda la existencia o la virulencia del virus y alentando teorías conspirativas sobre su origen, exacerbaron a un sector de la sociedad que mira con mucha sospecha a todos los discursos que asocian al establishment cultural. El resultado fueron protestas en muchos estados para presionar a los gobernadores, que tanto en Estados Unidos como en Brasil impusieron restricciones a la circulación, contrariando a los presidentes.

Por otro lado, ambos mandatarios tomaron como enemigos a las máximas autoridades sanitarias. Bolsonaro desplazó en abril, en medio de una crisis interna del gobierno, a Luiz Henrique Mandetta, su ministro de Salud, que se había convertido en la voz de la ciencia. La relación se había hecho insostenible, dado que el ministro hacía recomendaciones que Bolsonaro desautorizaba sistemáticamente.

El vínculo entre Trump y Anthony Fauci, la máxima autoridad epidemiológica del país, está llegando a ese punto. Desde hace varias semanas, distintos funcionarios de la administración lo están cuestionando, en lo que parece un intento de que renuncie. Fauci dice que no se va a ir, pero el gobierno le está dificultando enormemente el trabajo.

El efecto de estos intentos de despreciar a los cuadros técnicos con mayor conocimiento sobre las epidemias es unívoco: la respuesta del gobierno federal se vuelve inconsistente. Como consecuencia, se magnifica el daño producido por la crisis sanitaria, sin que haya un beneficio económico sostenible, por la ausencia de un plan de mediano plazo.

“Un gran desafío ha sido equilibrar la doble necesidad de una economía abierta y una sociedad segura —dijo Allchin—. Esa es una decisión política. Pero los economistas o los líderes políticos que no tienen en cuenta o descuidan los riesgos identificados por los expertos en enfermedades infecciosas no están siendo honestos al tomar una decisión equilibrada. La economía no puede eclipsar a la ciencia. No es ni una cosa ni la otra. El reto es imaginar soluciones creativas que se ajusten a las múltiples necesidades. Descontar la ciencia tiene un costo, en este caso, medido concretamente en términos de vidas, salud y bienestar”.

Lo que se espera de la ciencia y lo que esta que puede dar

Muchos de estos problemas parecen derivarse de la expectativa desmedida que hay depositada en la ciencia. Muchas personas aspiran a que dé respuestas definitivas a los grandes problemas de la humanidad, y eso está muy por encima de sus posibilidades. Eso lo pueden ofrecer las religiones, pero no la ciencia, cuyas verdades son siempre transitorias y relativas.

“Las expectativas son altas y poco realistas porque la ciencia desempeña una especie de papel cosmológico o religioso: el verdadero conocimiento más allá de la habilidad práctica”, dijo Meyer. Es cierto que a veces son los propios científicos los que contribuyen a crear una imagen irreal con sus esfuerzos por mostrar el conocimiento que producen como irrefutable. Pero la historia del saber contradice esa visión de manera muy contundente.

Se vio a lo largo de la pandemia, con las idas y vueltas de muchas entidades médicas, empezando por la Organización Mundial de la Salud. Desde la utilidad o no de usar barbijos, hasta las contradicciones respecto de la efectividad y los efectos secundarios de medicamentos como el remdesivir y la hidroxicloroquina, son muchas las recomendaciones que han estado bajo permanente revisión. Es lógico, porque así se construye conocimiento.

“Incluso si las ‘joyas de la corona’ de los logros científicos ofrecieran certeza, la parte de la ciencia que es relevante en el dominio público está plagada de incertidumbres —dijo Collins—. Los científicos lo saben, pero parecen pensar que la forma de persuadirnos a todos de amarlos, y a los gobiernos de apoyarlos financieramente, es presentar sólo las joyas de la corona y hacer ver que de eso se trata la ciencia. Discuto una y otra vez que la imagen de la ciencia que necesitamos es la de una ‘artesanía con integridad’. Esto es suficiente para justificar un papel de liderazgo en la toma de decisiones, sin atarla a la certeza. Puede que la ciencia no siempre emita juicios correctos, pero emite buenos juicios siempre que no estén corrompidos por fuerzas externas”.

El problema es que puede ser muy incómodo aceptar a la ciencia tal como es. Desprovista del manto de sacralidad con el que se la envuelve a veces, se ve que el saber se produce en un espacio en el que conviven visiones contrapuestas, disputas de poder y conflictos de interés.

Esa constatación genera una sensación de orfandad en muchas personas. Y es lo que produce la reacción anticientificista, que directamente denuncia conspiraciones donde no hay y desprecia el valor de un conocimiento que, aunque sea provisorio, puede ser increíblemente útil.

“El público espera respuestas claras e inequívocas de la ciencia —dijo Gardner—. Esto se debe a la desafortunada forma en que los científicos y la ciencia a menudo se presentan: como proveedores objetivos y racionales de hechos, conocimiento y verdad. Esta es una representación engañosa que puede tener malas consecuencias. En realidad, la objetividad de la ciencia, y en última instancia su asombrosa fuerza, proviene del sistema social de la práctica científica, que se caracteriza, idealmente, por una constante valoración crítica. Debido a que los científicos individuales nunca pueden ser objetivos, deben someter sus ideas, diseños de investigación, resultados de investigación y teorías al escrutinio crítico de otros. De esta manera surge la ‘objetividad’ y se crea un conocimiento genuino y útil. Una consecuencia de esto es que la comunidad científica está constantemente debatiendo y desafiándose unos a otros, y esto es un signo de una práctica saludable”.

Es imposible ocultar las múltiples formas en las que el método científico permitió mejoras tangibles en la vida humana. Pero la lógica sobre la que se construye la ciencia es la crítica, la duda, y no darle lugar sería anticientífico. Hay que tomar a la ciencia como un instrumento, una forma indispensable de pensar y de intervenir sobre el mundo, pero no como un libro sagrado que prescribe cómo hay que comportarse.

“Para los miembros del público que esperan certeza de la ciencia, el debate y la crítica pueden dar la impresión de que los científicos están luchando, y que no están funcionando correctamente, o que sus afirmaciones están motivadas por motivos ulteriores. Creo que las consecuencias de esto se pueden ver en los grupos que se oponen a la vacunación y en las personas que niegan el cambio climático. La gente de estas comunidades ha visto el debate entre los científicos, y en base a esto, ha despreciado a toda la comunidad científica. Personalmente, creo que el método y la práctica científica es uno de los grandes inventos de la civilización. También creo que la ciencia y los científicos deben ser más abiertos con el público sobre la naturaleza de su práctica, que las críticas y el desacuerdo son características de la buena ciencia. Esto significa que, inevitablemente, siempre habrá un poco de incertidumbre”, concluyó Gardner.


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