LA VISITA SECRETA DE ERNESTO “CHE” GUEVARA A ARTURO FRONDIZI QUE PUDO TERMINAR MUY MAL

El entonces jefe de la Fuerza Aérea, brigadier Cayo Alsina, que iba a ser uno de los tres comandantes militares que derrocaría al presidente Arturo Frondizi en marzo de 1962, lo definió con una frase categórica de siete palabras: “Fue peor que si hubiese venido Krusché”.

El militar no sabía pronunciar el apellido del primer ministro de la URSS, Nikita Khruschev, pero supo enseguida el alcance que tenía la imprevista visita del comandante Ernesto Guevara, guerrillero, comunista, ministro cubano y argentino, al presidente Arturo Frondizi y en la mismísima quinta de Olivos.

Fue hace 59 años, el 18 de agosto de 1961, el año de la gran imprudencia mundial.

El tiempo y sus mudanzas han dejado un par de versiones, no muy coincidentes, sobre cómo se pergeñó la llegada del Che a la Argentina. Jorge Carrettoni, que fue diputado por el frondicismo en aquellos años y que, en agosto de 1961, era asesor del Consejo Federal de Inversiones, confió hace años a este diario que Frondizi le encomendó que invitara al Che a la Argentina. Idea que un sector de jóvenes de la UCRI siguió con entusiasmo “para complicarle un poco la vida a Frigerio”, confió Carrettoni, en referencia a Rogelio Frigerio, hombre clave del gobierno de Frondizi: imprudencias del año 61, y no la única.

Arturo Frondizi asumió como presidente el 1° de mayo de 1958 y due derrocado el 29 de marzo de 1962.

Frondizi impuso una condición: el viaje debía ser secreto. En la madrugada del 18 de agosto, el Presidente llamó al jefe de la guardia de la Casa Militar, Fernando García y al edecán Emilio Felipichi, para que en la mañana fueran al aeródromo de Don Torcuato para recibir a una persona que “reconocerían de inmediato” y a quien debían llevar a Olivos “sin que hablara con nadie en el trayecto”. Así lo recoge la biógrafa de Frondizi, Emilia Menotti, Y así lo consignó Carrettoni, murió en 2017, que gustaba agregar un dato de color: decía que al llegar al aeropuerto, los dos marinos enviados por Frondizi esperaban al pie de la escalerilla del taxi aéreo que trajo a Guevara, y que cuando vieron quién era la persona que iban a reconocer de inmediato, “se les cayeron los guantes de las manos”.

En 1992, el marino García, que era entonces segundo jefe de la Armada, confió en cambio al periodista Eduardo Barcelona que Frondizi le había revelado que quien llegaría a Don Torcuato era el Che, y que él había informado de la visita a la jefatura de su arma. Barcelona reveló que los militares dieron orden de detener al Che, pero que la orden fue retirada cuando Frondizi dijo que él mismo había invitado a dialogar al ministro cubano. Medio siglo después de aquel día, otro jefe militar, el brigadier Jorge Rojas Silveyra confesó al historiador Pacho O’Donnell: “Yo ordené que mataran al Che durante su estadía en Argentina. Pero elegí mal a los hombres y no supieron, o no quisieron, hacerlo”.

Como fuere, acaso por milagro, el Che estaba en la Argentina, en un auto que lo llevaba a Olivos para entrevistarse con el Presidente y custodiado por dos oficiales de la Armada. Ni Buenos Aires era el mejor escenario para el encuentro, Frondizi, sospechado de simpatías con el comunismo, estaba cercado por el poder militar que lo derrocaría siete meses después, ni aquellos días de agosto eran los mejores para que un guerrillero y ministro cubano visitara el país.

El mundo entero era un polvorín en 1961. A las luchas por la independencia de varios países africanos, que se desembarazaban del colonialismo a balazos y montados en Marx, se agregaban otros hechos que sacudían los ánimos escaldados: el 11 de abril, en Israel, empezó el juicio a Adolf Eichmann, que había sido capturado y secuestrado en Buenos Aires en mayo del año anterior. Al día siguiente, 12 de abril, Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre en salir al espacio exterior. Entre el 15 y el 19 de abril, una fuerza mercenaria financiada y sostenida por Estados Unidos, fracasó en su intento de invadir Cuba en Playa Girón, en la Bahía de Cochinos: un plan de la CIA diseñado por el anterior gobierno de Dwight Eisenhower. El flamante presidente John Kennedy asumió el fiasco como propio con una frase fantástica: “La victoria tiene muchos padres, la derrota es huérfana”. Estados Unidos había roto relaciones con Cuba en enero de ese año.

El juicio al nazi Adolf Eichman en Israel en 1961. Un año antes había sido capturado y secuestrado por el Mossad en Buenos Aires.

Kennedy había anunciado el 13 de marzo de ese movido 1961 la implementación de la Alianza para el Progreso, una inyección de veinte mil millones de dólares de aquella época, destinada a beneficiar a trece países latino americanos a lo largo de diez años. La ayuda tenía una segunda intención: contrarrestar el entusiasta peso simbólico que la Revolución Cubana, triunfante en 1959, había derramado hacia el sur del Río Grande.

En mayo de 1961, un mes después de Cochinos, Fidel Castro proclamó a Cuba como país socialista. En junio, Kennedy y Khruschev se encontraron en Viena: el centro de su discusión estuvo en Berlín. Los dos se amenazaron con la guerra, y el mundo empezó a pensar en la posibilidad de un conflicto nuclear. En julio, un mes después del encuentro Kennedy-Khruschev en Viena, la URSS levantó el Muro de Berlín que dividió la ciudad por casi tres décadas. En el año de las imprudencias, el mundo colgaba de un hilito.

En agosto, en Punta del Este, se realizó la quinta Sesión Plenaria del CIES (Consejo Interamericano Económico y Social), un encuentro entre los responsables de la economía de América Latina, en el que se debatió los alcances y beneficios de la Alianza para el Progreso. En su discurso del martes 8, Guevara la descalificó con brutalidad. Dijo que era “como hacerle la letrina al pobre indio, al pobre negro, al pobre individuo”. Fue un discurso efectista. Y también imprudente.

En la noche del 16 al 17, el Che se encontró con Richard Goodwin, enviado por Kennedy para que fueran sus ojos y oídos. Parte de la suerte del continente estaba en manos de dos muchachos: a Goodwin le faltaban cuatro meses para cumplir 30 años y Guevara acababa de cumplir 33. El Che propuso una vida en común con Estados Unidos: la Revolución Cubana, dijo, era irreversible y los dos países deberían poder soportarse unos a otros, lo que excluía cualquier otra posibilidad de invasión por parte de Estados Unidos.

Ese era el escenario: el polvorín de 1961 tenía la mecha encendida.

Y en eso llegó el Che.

A las diez de la mañana del 18 de agosto, al día siguiente de su encuentro con Goodwin, bajó del taxi aéreo Bonanza, matrícula CX-AKP, junto al diplomático cubano Ramón Aja Castro y a Carrettoni, un viajero imprevisto: había ido al aeropuerto uruguayo de Adami, cerca de Melilla, para despedir al Che, pero Guevara le dijo: “Usted se viene conmigo: es la única garantía que tengo de que no van a bajar el avión en medio del Río de la Plata”.

En 1988, Frondizi reveló a un periodista de este diario que, a su pedido de que Cuba no “exportara su revolución”, Guevara había contestado que él sí pensaba llegar con su ejército guerrillero al país, dado que “están cerrados todos los caminos de la evolución pacífica”. “Pensé que iba a venir por Brasil –dijo entonces Frondizi–. Cuando supe que estaba en Bolivia, pensé que el Comandante se había equivocado”. El ex presidente recordaba al Che como a un gran tímido, que hablaba despacio y con calma y que no había leído a Marx: “Hice algunas lecturas esporádicas y poco sistemáticas. No conozco bien los problemas del marxismo”, dijo el Che, según reveló el periodista Rodolfo Pandolfi en su libro “Frondizi por él mismo”.

En medio de la charla política, del análisis del pasado y de las hipótesis sobre el futuro, la mujer del Presidente, Elena Faggionato, fue a lo práctico. “Comandante, ¿usted comió?”. Guevara le dijo que no. “¿No quiere que le prepare un churrasco?” “Con mucho gusto. Jugoso si es posible.” Y almorzó con Aja Castro y sus custodios de la Armada.

Guevara partió de Olivos hacia el aeropuerto, con García y Felipichi. Se detuvo cerca de la Quinta Presidencial, para saludar a su tía María Luisa Guevara Lynch y a su esposo. Les dijo, premonitorio: “No sé si tendré oportunidad de volver a verlos”. Narra Barcelona que el marino que lo custodiaba recordaba haber visto lágrimas en sus ojos. Al trepar al taxi aéreo, le tomaron la única foto que perduró de ese viaje.

El acercamiento entre Frondizi y Guevara hizo que Kennedy, en diciembre de aquel agitado 1961, convirtiera al presidente argentino en una especia de mediador de confianza en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. El biógrafo del gobierno de Kennedy, Richard Reeves, relata que en la entrevista entre los dos presidentes en Palm Beach, Frondizi, “el líder más pro americano jamás elegido en el continente”, le dijo a Kennedy que Fidel Castro era la “consecuencia de la pobreza, las enfermedades y la represión que reinan en América Latina.” “Ya lo sé –dice Reeves que dijo Kennedy, que algo parecido había expresado en su campaña electoral– Pero Castro está socavando a otros países que quieren ponerse de pie. Hay que pararlo”.

En cambio, en Argentina, el encuentro selló en buena parte el destino del gobierno de Frondizi.

En menos de una década, de aquel mundo en peligro no existía ya más nada, salvo el peligro.

Arturo Frondizi fue derrocado en marzo de 1962. Kennedy fue asesinado en noviembre de 1963. Khruschev fue barrido del poder en octubre de 1964. El Che Guevara fue asesinado en Bolivia en octubre de 1967. El Muro de Berlín fue derribado en noviembre de 1989. Sólo Fidel Castro se mantuvo en el poder hasta 2008. Murió en 2016.

En 1971, cuando debió terminar el plan de ayuda a América Latina diseñado por Kennedy en la Alianza para el Progreso, de los trece países a los que debió beneficiar, siete estaban bajo dictaduras militares.

Entre ellos, Argentina.

FUENTE: CLARIN


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