PERDIDA EN EL CERRO PACUY: LAS 60 HORAS EN QUE UNA MONTAÑISTA LUCHÓ POR SU VIDA

Más de 60 horas sola, perdida en el cerro Pacuy, de casi 4200 metros sobre el nivel del mar y de alta dificultad, diez kilómetros aproximadamente al suroeste de Chorrillos, en Salta. Así estuvo Analía Ibáñez Sierra (47), psicóloga y docente de la Universidad Católica. Durante todo ese tiempo, sintió que su vida estaba al límite. Sin embargo, siempre primó en ella la convicción de que no moriría. El presentimiento de que alguien estaría buscándola. Pero jamás imaginó la dimensión.

Analía no había vuelto a conectarse con la pasión desde los albores de su vida laboral. Volvió a sentirla recién en 2015, gracias al montañismo, al que entendió como algo más que un deporte: se convirtió en una actividad espiritual y terapéutica. “Te ayuda al autoconocimiento, a reconocerte en tu cuerpo. Además, implica conectarse con una cosmovisión distinta, la de los pueblos originarios, una cosmovisión andina”, comenta.

Con sus dos hijos en plena juventud, invirtió tiempo en su preparación y recursos en sus primeras botas, aquellas que la llevarían a transitar, más adelante, los senderos de la resistencia. Desde 2015 también, en Analía se despertaron las ganas de conocer el cerro Pacuy. La atrapaba la cruz de madera en la cima y su inscripción: “El amor no se exige, se da”. Esa frase que se cargaría luego de un significado intrínseco.

Para el ascenso al cerro hay dos rutas. La más intensa es aquella a la cual se ingresa por Chorrillos, una estación abandonada por donde circulaba el icónico Tren de las Nubes. Se realiza en un día, pero es empinada: implica un desnivel de 2200 metros, en 14 kilómetros de subida.

El cerro Pacuy se alza a casi 4200 metros sobre el nivel del mar y es de alta dificultad. Está situado a aproximadamente diez kilómetros al suroeste de Chorrillos, en Salta

Este año, ante la habilitación de actividades en el marco de la pandemia por Covid-19, pero sin la posibilidad de trasladarse por grandes distancias, Analía y su amigo montañista Miguel Toledo (45) buscaron un cerro cercano para su nueva aventura. Se toparon así con el Pacuy. Comenzarían el ascenso en Chorrillos, cerca de las seis de la mañana, y pensaban estar de vuelta en el auto a las 22. “Todo me cerró. Era el cerro que quería, me la podía bancar físicamente, era posible volver a la noche o quedarnos ahí”, dice Analía, quien advirtió a su familia: “Vengo a la noche muy tarde, o al otro día”.
Primer día, domingo 16 de agosto: problemas

El ascenso comenzó con buen clima, sin frío y sin viento. Hasta el mediodía tuvieron comunicación con Salta. Las 14 era la hora límite para hacer cumbre, pero llegaron recién a las 15. Entre las rocas, integrando la inmensidad, sentados al lado de la cruz de madera con su inscripción, disfrutaron del triunfo de encontrarse en el punto más álgido y registraron dicha postal mejor.

Bajaron entre charlas, con confianza, hasta que se dieron cuenta de que se habían abierto de la senda marcada. “¿Qué hacemos?”, se preguntaron. Podían regresar y retomar el camino original o cortar, para intentar acoplarse a lo delimitado. “Volver adonde nos desviamos significaba subir y estábamos cansados”, dice Analía. Por eso optaron por lo segundo.

La aparición de un paredón que debían sortear sí o sí para retomar el camino fue, para ella, el único momento en el que sentiría que podía fallecer en el Pacuy. Miguel tomó la delantera y determinó los puntos donde apoyarse, en una escalada que harían sin cuerdas. “Sentí que moría si me desbarrancaba”, relata Analía, cuya sensibilidad de la mano derecha está aún limitada por su intenso afán de aferrarse a las rocas.

Luego de un esfuerzo descomunal, Miguel logró asentarse en un terreno plano. “Fue uno de los momentos más difíciles. Desde arriba, me afirmé para sujetarla y me di cuenta de la altura que había. Si uno de los dos se resbalaba, no contábamos la historia”, expresa el hombre a LA NACION, sobre el momento en que la ayudó a Analía a subir.

El alivio por estar cerca de la senda los invadió, pero eran las 2.30 y habían intentado lograrlo desde las 19.30. Sus brazos y piernas eran víctimas del cansancio y el viento no cesaba. Miguel lo lleva en su memoria, dice que en ningún otro lugar lo sintió así. Sin embargo, querían arriesgarse un poco más. Por ello, continuaron camino.

Un rugido los detuvo. “¿Sentiste eso? -le preguntó Analía a Miguel-. Me parece que hay un animal”. Lo oyeron otras dos veces, entonces optaron por esquivar ese tramo. Miguel se distanció para tomar un punto de referencia que los ayudara seguir viaje. “Me alejé siete u ocho metros, giré y la vi parada con los bastones. Descendí por la ladera para ubicarme y me quedé en un punto de referencia, esperándola. Pasó el tiempo y no se acercaba. Su luz frontal era mi referencia, pero no la veía. Entonces volví para buscarla”, cuenta.

No la halló. Y la desesperación se apoderó de él. Caminó, idas y vueltas, en un pulular que quedaría registrado en su track. “¡Por el amor de Dios!”, retumbó en su mente. “La noche me bloqueó”, recuerda.

Lo que Miguel no sabía era que, al intentar acoplarse, a Analía se le cayeron sus bastones. “Cuando me agaché, pisé mal y me desbarranqué. Empecé a rodar y sentí miedo después del primer giro porque tomé impulso. Pensé ‘estoy en el horno, estoy cayendo más, ya está'”, relata la montañista. Fueron tres o cuatro vueltas. Al detenerse, con su cuerpo dolorido, también buscó a su compañero y aparecieron distintas luces, por el efecto de un golpe en la cabeza. “Miguel, volvé”, pensó.

Quedaban dos opciones. Que él la encontrase o que descendiese a buscar ayuda. En el intento de hallarla ya había fallado, por eso -y en medio de un ataque de pánico- Miguel decidió bajar con la mayor rapidez posible. Se golpeó, corrió, se perdió. Pero jamás supuso que Analía podría haberse desbarrancado.

Antes de dormirse, a ella la invadió una cavilación: “No sé si me voy a encontrar con Miguel”.
Segundo día, lunes 17 de agosto: la gente

La luz del sol interrumpió su sueño. Estaba sentada, con la mochila puesta, pero sin sus bastones. “Me desperté y vi cosas que a la noche no había visto”, rememora Analía. Entre esos objetos distinguió piedras pintadas y muñecos hechos con pastizales.

A pesar de la falta de bastones, alcanzó el filo de la montaña. Desde allí, divisó gente que se acercaba a ella. Percibió detrás suyo a la artesana que confeccionaba las piedras y los muñecos. “No tengo plata para pagarle”, pensó. Vio abajo un club de campo, caminos para los runners, una playa de estacionamiento y vehículos. Bajó para preguntar si los remises llegaban hacia allí, entre esa gente que no conocía y que tampoco le respondía cuando les hablaba. Ya de noche se topó con un hombre. “¿Hay lugar en tu auto para que me lleves?”, le preguntó. Analía se durmió a su lado, a la espera de una respuesta.

En realidad, desde el momento en que se levantó y “vio” esos objetos, supo que algo no andaba bien. “Me golpee la cabeza, nada va a ser muy real. Con tranquilidad vamos registrando el cuerpo para no volver a caer y observando el terreno”, se ordenó, en ese entonces.

“Entré en conmoción, en un estado de conciencia alterada. Sabía dónde estaba, quién era, qué día era, pero no podía orientarme. No era una conciencia plena”, explica ahora. Ese cuadro la hizo terminar el agua, sin racionarla. Desde Salta, admite: “Ver gente me daba tranquilidad”. Esa gente no era real, pero en algún lugar de su mente estaba y la ayudaba.
Tercer día, martes 18 de agosto: exámenes y pacientes

Analía amaneció y fue como si por la noche hubiese estado con sus hijos, viendo Netflix y retándolos porque no se habían bañado. “Me desperté con la tranquilidad de haber estado en casa”, dice. Ellos también sintieron que estuvo, supo después. Ese martes le surgieron dos problemas: debía tomar exámenes en la universidad y atender pacientes.

Cuando se apagó el sol, aparecieron los primeros signos de deshidratación. Casi se asfixia. Recordó que había cargado en su mochila geles de proteínas, los que abrió con una piedra y tragó. Se le dificultaba caminar, por lo que se arrastró y eso talló rayas en toda su espalda. “Esa noche la sufrí, sentí mucho frío. Me levanté dos o tres veces, esperaba que estuviera el sol, pero siempre había estrellas”, cuenta.

En las sombras, quiso invocar una oración. “¿A quién le pido? ¿A Dios? ¿Qué le pido? Pero Dios está en mí. Le pido al universo. Pero tampoco, soy el universo también”, pensó aquella noche. “La pasé feo, pero sabía que me iban a buscar, tenía más miedo al reto que a morirme -admite-. Estaba en una situación límite, pero no tenía consciencia plena y eso me ayudaba a confiar en que todo iba a pasar”.

Supo siempre que debía cuidarse. “Esto depende de mí”, se dijo a sí misma. Y hubo otra cuestión clave -dice-. Nunca se sintió extraña en el lugar donde estaba.
Cuarto día, miércoles 19 de agosto: las vacas

Se despertó cansada. Al mediodía divisó vacas y dedujo: “Si hay vacas, hay agua”. Era real, por lo que se acercó, cargó su recipiente y tomó. En el momento en que decidía si seguía o se quedaba vio, a lo lejos, a un baquiano que le levantaba la mano. “Es alguien más que aparece”, pensó. Pero percibió que le hacía señas a alguien. “Estos sí son. ¡Ya está!”, se dijo, al aparecer frente a ella los rostros de sus compañeros de montaña. Quiso ir al encuentro, pero no podía moverse, ni gritar. Víctor, el baquiano, limpió su cara. “¡Estás entera!”, gritaban los demás.

Justo ese día, Miguel participó de la búsqueda, en un grupo dispuesto a metros de donde la encontraron. Cuando supo que su amiga estaba “bien y consciente” sus rodillas se vencieron y rompió en llanto. Inmediatamente, fue a su encuentro y volvió a arrodillarse, para abrazarla. Ella recuerda las lágrimas en sus ojos. “¿Qué pasó? ¿Dónde estabas?”, se gritaron, el uno al otro.

“No quiero que esto salga en los diarios”, pidió Analía, sin saber que su nombre había colmado los medios salteños. A Miguel ese tiempo lo golpeó. “Me sentí indefenso con mis palabras ante las conjeturas y las hipótesis”, admite y agrega: “Se dijeron muchas cosas que me lastimaron. Agradezco a Dios por oír mis ruegos. Otra oportunidad se abre ante esta situación que me permite contarlo porque ella está bien. Si ella no estaba, mi vida iba a cambiar completamente”.

El plan A era que Analía descienda por vía aérea, pero eso no pudo realizarse “por las inclemencias climáticas y el terreno”, según explicó el secretario de Seguridad de Salta, Benjamín Cruz
Quinto día, jueves 20 de agosto: ¡vamos, Ana!

“¡Vamos, Anita!”, “¡vamos, Ana, acá estamos!”, “¡fuerzas!”, escuchó desde la camilla en la que la bajaron a pulso. Eran sus amigos, que estaban en Chorrillos, pegados a la ambulancia, aguardando su llegada. “¿Yo qué me perdí?”, se preguntaba ella, al ver un operativo de rescate del que participaron -según los medios salteños- más de 50 personas del Grupo de Rescate en la Altura de la policía, la sección Canes, bomberos, Aviación Civil, Gendarmería Nacional, montañistas, baquianos, enduristas y runners, entre otros.

“El milagro se ha concretado en la madrugada, cuando a partir de las 3.05 ha tomado contacto la patrulla de rescate con las ambulancias y se hizo el traslado por vía terrestre hacia el Hospital San Bernardo”, señaló en ese entonces, para Canal 2 de Salta, el secretario de Seguridad de la provincia, Benjamín Cruz. Desde el nosocomio público, el doctor Bernardo Ruiz, quien dio el primer parte oficial, señaló que Analía se encontraba “fuera de peligro”.

El amor no se exige, se da

“Entre tanta incertidumbre, si no tenía la certeza de que me buscaban, no iba a bancarme esos días”, expresa Analía. Aún se sorprende por cómo los demás se vieron “tocados” por su experiencia. Dice que traspasa cualquier explicación racional. “Nunca imaginé tener vida para ser testigo de esto, trascendió lo que cada uno elige creer. Fue maravilloso ver cómo cada uno estaba unido por lo mismo, desde el lugar en que elegía creer, pero con la misma intención”, reflexiona.

Se muestra extasiada. “Fue una onda expansiva que traspasó y tocó en lo profundo a mucha gente, de manera sana y bien. Fue un darse cuenta para cada uno”, agrega. Aún espera que le devuelvan sus botas, aquellas que compró cuando se iniciaba y con las que ascendió al cerro. Estaban destruidas, pero pidió que no las laven. “Las quiero con la tierra de allá”, exigió. “Analía es un ángel que conocí en la montaña. Abrir los ojos y disfrutar sobre una montaña es una expresión de libertad inigualable. A esto lo vamos a superar con mi amiga, caminando juntos”, dice Miguel. Ambos ya piensan en volver a las alturas.

Para Analía, la experiencia la marcó para siempre. “Es encontrar otro lugar adonde centrarme”, comenta y lo explica: “Nos conectamos con la carencia, en vez de con la abundancia. Conectamos con lo que nos falta y no nos damos cuenta de lo que tenemos. Y la realidad me devolvió esto: ‘¡Mirá todo lo que tenés, esto es tuyo!'”.

Fue siempre el amor. El que estuvo en la pasión que la impulsó a emprender la travesía, en su indómito instinto de supervivencia que incluyó gente y piedras pintadas por seres inexistentes, en la convicción de que la muerte no era un posible, en el sentir que iban a encontrarla, en la fuerza del descenso que la hizo llegar a la ambulancia y en el fragor colectivo de una búsqueda incesante que concluyó en el encuentro.

“El amor no se exige, se da”. Está escrito en la cima del Pacuy. También flagrante en la empatía que Analía encarnó. Esas son hoy sus certezas.

FUENTE: LANACION